Camino del precipicio

¿Has sentido ese sentimiento frío y doloroso? ¿Ese sentimiento de cuando recibes silencio o palabras frías de aquellos a los que más quieres? ¿Cuándo recibes esa mirada que mata o la espalda? Esas caídas. El cansancio y abrumo. Las lagrimas contenidas, el nudo en la garganta y el grito en pecho. Esa ira que sube por el cuerpo. La sensación que surge. Una sensación de abrazo a la muerte. Que se deriva de una posición hacia la vida de desinterés y hastío. Un pensamiento cálido en el que abrazas a la muerte y dejas todo. Irte. No volver. Dejar de sufrir. Esos pensamientos que te envenenan y te seducen. Piensas que la tristeza se esfume. Una salida fácil. Un odio que llena y marchita. Desesperación. Impotencia. Es en esos momentos en los que solo tu mirada, tus juegos y un abrazo me salvan del abismo. El sentir tu cuerpo. Tu corazón. Me distaren y me traen de vuelta. Me da una nueva sensación de calor. Disimula y disfraza el odio y cansancio. ¡Cuánta falta me hacías! Ya te necesitaba de vuelta. Sólo tú puedes lograr que esboce una sonrisa, bueno lo nombraremos así a falta de un mejor nombre, pues su imagen insulta a la autentica sonrisa. Tú presencia. Cuando estuve tan cerca de saltar al precipicio, me empujaste para atrás. Tu imagen. Sólo eso necesito. Me desviaste cuando ya iba caminando al abismo. Me sedujiste y me trajiste de vuelta a la vida. Me encadenaste a este mundo. Me separaste del precipicio.

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