-¡¿Y por qué los mataste?!
Siempre
la misma pregunta. Querían encontrar una respuesta para no matarme. Mi última
oportunidad. Simplemente no les quería contestar. Era una salida más fácil a
tener que admitir la verdad. Los maté porque a mí nadie me quiere. Lo pensaba
una y otra vez. Por su chingado amor los maté. No podía tolerar estar sentado
en esa banca del parque mientras se amaban. Se amaban con tanta intensidad y yo
los maté.
Desde que recuerdo, nunca nadie me
quiso. Mi padre abandonó a mi madre cuando le diagnosticaron esa horrible
enfermedad con duración de nueve meses. Aún así, la idea del aborto no le
parecía. (*De lo contrario quizá esos dos no estarían muertos*). En cuanto
nací, decidió abandonarme a mi suerte en
un puto orfanato de mierda. Al estado tampoco le importaba, nunca registraron
mi entrada al orfanato. Nunca tuve más ropa que los jirones que los más grandes
tiraban, nunca comí más de lo que sobraba en la mesa. Las maestras ni siquiera podían recordar mi
nombre. Nunca hablé, ni lo necesité. Los demás niños me escupían, mordían,
pegaban y molestaban por eso, más nunca lloré ni me defendí. Se podía decir que
me limitaba a respirar. No entendía lo que eran los sentimientos e incluso,
creí no tener. No fue hasta que crecí que comprendí la humillación, el dolor y
el rechazo. Las hormonas, corazón, cerebro, o cualquiera de esas mamadas a las
que se les adjudique, me hicieron creer estar enamorado de una que otra niña y
la respuestas siempre eran las mismas: ¿Tu quién eres?, ¡No!, ¿Cómo por qué?,
Ni loca, ¿Por qué haría una tontería así?, Ni tan necesitada o simplemente una
mirada acompañada de un ¡Piérdete!. Las mujeres son peligrosas y crueles sobre
todo cuando saben que son hermosas.
Decidí ignorar todo este pasado,
dejarme humillar y crecer. Ahora que lo pienso, ni siquiera sé como conseguí
ese empleo puñetero. ¿Acaso?, era la soledad de limpiar pisos en la noche en
ese lujoso edificio de cristal en el Cartier du Commerce. Disfrutaba estar con
mi soledad, con mis sombras y pensamientos. Ganaba lo suficiente para comer y
me dejaban dormir, vivir, lo que fuera; existir, en un cuarto al sótano del
edificio. Mi catre se encontraba al lado de la caldera central. Nunca fui buen
escritor, ni buen escultor, ni buen pintor, mucho menos dibujante, simplemente
no era bueno en nada. Parece que el hecho de pulir pisos a diario me había
hecho relativamente bueno en esa área. Fue un lunes que decidí salir a comer y
dar una vuelta por el parque. Observar el mundo. No sabía que no lo pudiera
tolerar. Un mundo intolerante al que no
podía tolerar.
Esa linda parejita se sentó en el pasto
bajo el gran árbol frente a mi banca. Platicaban. Reían y se besaban. Llenaban
de alegría el ambiente, incluso robaban las sonrisas de los transeúntes que
pasaban y añoraban un amor similar, pero, eso no sucedía en mi interior. La ira
iba creciendo. Una profunda rabia que no sabía explicar origen ni causa. Sentía
la presión de mis dedos apretarse con mis puños. Mis dientes rechinar. La voz
de mi cabeza gritaba cada vez con más fuerza. ¿Por qué nadie me quiere así?
¡Mátalos! ¡Mátalo, se lo merecen! Las lágrimas de ira e impotencia se
deslizaban en la pista de mis mejillas mientras los miraba con odio puro y
negro. Cada caricia. Cada beso. Cada cariño era un maldito golpe a mi pecho.
Una cachetada. Un recuerdo del rechazo y humillación que había sufrido. Me
paré. Lentamente me les acerqué y lo golpeé. Le tomé la cabeza y la azote
repetidamente contra el piso mientras oía el crujir del cráneo. No me importaba
que me salpicara de sangre. Lo único que
quería era que su rostro se desfigurara mientras se convertía en una masa
amorfa y grotesca. Hasta que dejó de ser un rostro. Me volteé y a gritos de desesperación
le pregunte ¡por qué nadie me podía querer a mí! ¡POR QUÉ! La tome del pelo y
le pregunté si quería acompañar a su amado. Le levanté el rostro mientras veía
sus ojos suplicar el perdón. Era hermosa, su belleza me hizo odiarla más. Sin
ningún miramiento, procedí a hacerle lo mismo que a su “amorcito”. Quería robar
su belleza. Derramarla por el piso. Que la piel se quedara en la grave. La
sangre se mezclara con la arena y su pelo con el viento. No quería que quedara
nada, ningún rastro de su belleza. Como de costumbre, la policía llegó segundos
tarde. La hermosa pareja de tortolitos se había convertido en un par de cuerpos
sin rostros nadando en un mar de sangre y demás. Irónicamente les había entrelazado
las manos. Muertos juntos. A ver si así se podían amar. Muertos. Muertos por mi
pasado. Mi odio. Mi rechazo. Ahora me toca morir a mí, pero muero feliz. Muero
con una sonrisa. Ya nadie me va a rechazar. La aguja entra en mi piel liberando
su veneno. Poco a poco me desvanezco. Me voy y sonrío. Los maté porque se
amaban. Por su maldita culpa. Por su amor los maté.
No hay comentarios:
Publicar un comentario