Sólo me queda pintarlo gris. Lo que una vez brilló fue oscurecido con las nubes de tu rechazo; la negrura de tu desprecio. El rojo del dolor me cubre en blanco y amargo llanto. El mediocre consuelo que encuentro en la vaguedad de mis palabras incoherentes. Palabras de un corazón herido. Dicen que para escribir se tiene que estar dolido. Abandonado, diría yo. Solo. Quizá la locura que me consume se derrama en la negrura de la tinta. Divaga mientras flota sobre el papel. Libera los monstruos que se esconden en el armario de mi mente. Presente, pasado y un imaginativo futuro que se conjugan para formar y deformar mis pensamientos. Creando mis monstruos. Aquellos seres gigantes, peludos, con largas y afilladas garras y de blancos dientes. Se esconden bajo mi cama, dentro de mi, esperando a que tu dulce caricia logre sacarlos de ahí.
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