Entonces te vas y de lo que único que se arrepiente son las palabras que nunca se dijeron; muriendo en la parte trasera de la garganta, ahí, donde nace un ligero cosquilleo aterciopelado. Durmiendo con miedo de ser expresadas y las vanas ilusiones con las que bailaban esos tristes deseos. Actos inocuos y vanidosos de afecto puro que no trascienden más allá de una triste imaginación activa cuyo entretenimiento es el montar escenarios idealizados de romance rosa alimentados por cientos de películas y libros llenos de besos, caricias y clichés. Convirtiendo lo más ridículo y subjetivo en un guión perfecto para un acto de romanticismo barato. Que manera de torturar tiene la mente pues sin saberlo genera expectativas ante un amor profeso y destructivo. Carente de belleza en su constitución y estructura meramente egoista e individualista. Palabras incoherentes que quizá pudieron cambiar un destino amargo de arrepentimiento y, sin embargo; mueren martirizadas para salvar aquél remanente de amistad que más bien se ha convertido en un contrato social que ninguna de las partes decidió explícitamente los términos. Términos eventualmente rotos en un beso de culpa que morirá al pasar el alcohol y terminar la noche y no puede dejar de pensar lo destructivas que las relaciones humanas son cuando se involucran sentimientos contradictorios. Aquella seguridad que pende cual trapecista caminando en una cuerda floja conformada por un hilo de cristal a merced del abismo, mientras nos sentimos en la necesidad de dar y dar para evitar romper aquel frágil suelo apenas palpable en un vaivén de sonrisas y miradas seductivas que no conducen más que a la monotonía de la tristeza en un ambiente turbio y confuso. Vivir con la eterna esperanza de amarte de manera absoluta. Lentamente levantará al cielo los ojos nublados por el llanto que comienza a emanar preguntando por la conspiración divina que cierne sobre su pecho en desesperación por no poder huir y terminar ésto que lo corrompe en cientos de fragmentos llevados por el viento en olvido y decepción. Aquella lágrima que se desliza por las mejillas para morir en la comisura de los labios. Sintiendo como la siguen las lágrimas secundarias que suben lentamente hasta que la asfixia se apodera de cada nervio y el cielo se obscurece alejándose de la superficie, siendo arrastrado por los recuerdos mientras anhelo el roce vehemente de tu cuerpo contra el mío. Seguido del vaho que emana de tu boca en un sencillo gemido de placer. El deseo de sentir un susurro en el oído que eriza mi piel volviéndose en la adicción de tenerte y no poder. Estremecerse en búsqueda del afecto que niegas entregar a mis brazos, pues tu y yo sabemos que no podemos querernos mientras extrañemos a alguien más. Somos un mero motivo, una consecuencia de nuestros corazones rotos que buscan enmendar y rellenar un vacío que no puede ser saciado. Un hambre que encela y odia por miedo de la soledad. El hilo suelto del sweater que tiramos hasta deshacerlo quedando con un remanente inútil del deshilado en las manos. Un amor conformista y dañino que se acurruca en la incomodidad del silencio y la desolación. Momentos de duda para perecer nuevamente ante tus ojos y volver a comenzar nuestro ciclo de amor-odio-rencor-deseo y la añoranza de que algún día, sólo quizá, podamos querernos y todo esto por palabras que no pueden poner un fin al ser suprimidas con la ternura de tus labios y las caricias de tus manos.
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