Llegue y no me atreví a entrar. Una persona salió y amablemente me esperaba con la puerta abierta. No quería saber. Era una carta que no quería conocer. Saber el resultado podría definir su estado anímico y eso le molestaba. Pero, no tenía más opción. La puerta estaba abierta y tenía que entrar. Cruzó lentamente aquel marco. Con una mirada fugaz escaneo cada rostro esperando que estuvieras ahí. No me queda más remedio que bajar la cabeza y dirigirme al mostrador. Lo volviste a hacer. Te caché. Te sacudiste el polvo y te fuiste. La muchacha de siempre me sonreía y me preguntaba que quería tomar. Una sonrisa sincera pero indiferente. Que curioso es la atención al cliente, sabes que lo hacen porque deben; incluso te sonríen cuándo les pelas los ojos y les gruñes o eres grosero.- Hola, me puedes dar un Mocca con más chocolate que café porfa. La mejor sonrisa es cuando les pagas, al menos con esa saben que no les darás problemas y que esperarás pacientemente tu bebida. Miradas discretas a la puerta. Nada. Escucho mi nombre y sé que está lista mi bebida. La tomó y me voy a una esquina del café. Un lugar aislado con vista a la entrada. Aún dentro de mí espero que simplemente se te haya hecho tarde. Un suspiro. ¡Ah, me quemé la boca!No sé si me molesta el hecho de haberme quemado o que no llegues. Decido sacar la computadora y ponerme a trabajar.
Veinte minutos mirando la pantalla. La hoja estaba en blanco, cómo tus promesas. Quizá por eso no sabía que escribir. La entrega era en menos de veinticuatro horas y yo seguía con la mente en blanco. Enojado. Frustrado. Estábamos desapareciendo de las vidas del otro. Amigos. Nada mejor que decir esa palabra con una sonrisa hipócrita. ¡Cuántas sonrisas! Te quería… siempre lo hice. A cualquier otra amistad le hubiera marcado a preguntar por su retraso pero, a ti, ¡nunca! Soy demasiado orgulloso. Será mejor apagar la computadora e ir por inspiración purpurea. Quizá pueda disipar mi enojo, mis frustraciones.
Tocaste la puerta. Podía pretender que no me encontraba en casa. Sería muy fácil las luces estaban apagadas pero llorabas al otro lado. Por muy enojado que estuviera no podía pretender que no estabas mal. Me enojaba el hecho de que me buscaras sólo cuándo estabas más vulnerable, pero, en el fondo, sabía que sólo era porque me querías; o eso me decía para consolarme.
Te abrí la puerta para poder atraparte mientras llorabas de manera desconsolada. Volvías a ser un trapo roto. Te habían usado una vez más. Te conocía muy bien para necesitar tus palabras. Te recosté en el sillón de la sala y fui por mi plan original: una botella. Una botella que tiña nuestros labios de color púrpura; y juntos olvidemos nuestras tristezas. Fácilmente olvidamos cuando estamos juntos y abrazados. Nos perdonamos y volvemos a reír. Las palabras fluyen y no me importa pensar en ti. Soy feliz al poder abrazarte. Pasanlas horas y te notas más calma. No te quieres ir. Me levanto y traigo una cobija te acurrucas y prendemos la tele. Esa película siempre nos gustó. Soñábamos con su historia. Queríamos ser ellos dos, sin problemas, sin barreras pero sabíamos que no sería así. Por el momento estábamos juntos y eso era lo que importaba; la noche nos protegía y de púrpura nos dormimos.
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