Camino por la calle y puedo ver diferentes rostros con diferentes expresiones, enojo, miedo, ira, orgullo, prejuicio, tristeza incluso hasta las lágrimas, sorpresa, alegría, gratitud, risas, enamoramiento, romanticismo y la más bella de todas: el amor. El ver que aun hay amor, ver el rostro de un niño con afecto hacia su madre, el cariño de dos hermanos abrazándose, dos amigos riendo juntos, como si no hubiera un después, el amor de dos ancianos que perdura con los años, el ver un nuevo amor, un amor joven. Una pareja posiblemente recientemente casados, con un pequeño en brazos. Fruto del amor y el cariño, de caricias afectuosas en el lecho, de una pasión que une la carne y la sangre, una noche en la que se dio rienda suelta al amor. Es ahí, en ese infante, donde se expresa el amor en su máxima expresión tan puro y tan noble. En un infante, apartado de los temores y odios de este mundo. Todavía no los conoce. Qué triste, esa inocencia no durará por siempre, pero de ese hermoso, blanco y puro pasado, siempre queda algo. Un sentimiento que hace que el mundo gire, que todo este en equilibrio, tan fuerte y brillante que dura toda la vida. El amor.
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